Lo que debió ser el renacimiento de una tradición, ha terminado por convertirse en el acta de defunción del civismo en Cajamarca. La segunda “Globeada”, organizada por la gestión de Joaquín Ramírez, no solo ha dejado un saldo de violencia y sangre en las calles, sino que ha desnudado la charlatanería de un discurso de seguridad que colapsa ante la primera botella de alcohol.
Resulta ofensivo para la inteligencia del ciudadano que las autoridades locales y policiales aseguren “garantizar la seguridad”, para luego escudarse en el argumento de que “la gente desbordó las expectativas”. Si una autoridad sabe —por pura lógica y antecedentes— que un evento es propenso al descontrol y no toma medidas prohibitivas o de fiscalización real, no estamos ante una negligencia fortuita, sino ante una omisión deliberada.
Hacerse “el de la vista gorda” mientras se promueve el consumo desenfrenado de alcohol tiene consecuencias directas: ciudadanos inconscientes en la vía pública, heridos de gravedad y un orden público hecho trizas. ¿A cargo de quién está la venta de licor en estas actividades? Es la pregunta que la Municipalidad Provincial debe responder con nombres y contratos, antes de que el Ministerio Público se vea obligado a buscarlos por responsabilidad penal.
De la “Baldeada” Familiar al Caos Etílico
Es imperativo recordar el origen. En 2015, la Globeada nació con una premisa noble: recuperar la esencia de las antiguas “baldeadas”, donde el juego limpio y el esparcimiento familiar eran el eje. Hoy, bajo la actual administración, esa esencia ha sido secuestrada por una población sin cultura etílica y una gestión que parece medir el éxito de su gestión por el tonelaje de cerveza vendido y la cantidad de gente aglomerada, sin importar su estado.
”La ruptura del orden público con una municipalidad que promueve fiestas distorsionadas no es cultura; es la destrucción sistemática de nuestra identidad.”
La Prueba de Fuego: La Entrada del Ño Carnavalón
Las imágenes de violencia que circulan en redes sociales no son casos aislados; son el síntoma de un sistema que ha fracasado. Este sábado, la “Entrada del Ño Carnavalón” se presenta como una amenaza latente. Si el Serenazgo y la Policía Nacional solo sirven para “la foto” del plan de contingencia, pero desaparecen en la acción, estamos ante un fracaso total del principio de autoridad.
Si un evento empeora año tras año, lo razonable —y lo ético— es replantearlo de raíz. Y si la autoridad no es capaz de controlar la fiera que ella misma alimenta, la cancelación es la única vía digna.
Cajamarca no puede seguir siendo el escenario de una “catarsis” que solo saca lo más bajo del ser humano bajo el amparo de la permisividad oficial. Los vecinos reportan heridos, ruidos y una degradación del espacio público que es insoportable.
¿Habrá responsables políticos y penales? ¿O esperaremos a que la próxima “tradición” termine en un luto irreparable? La gestión de Ramírez tiene una última oportunidad de demostrar que gobierna para los ciudadanos y no para los proveedores de alcohol. De lo contrario, habrán terminado de sepultar el Carnaval Tradicional en un charco de sangre y olvido.
Fuente: Periodismo urbano








