El Carnaval es del Barrio: Una Proclama desde la Esencia de San Sebastián

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El Carnaval es del Barrio: Una Proclama desde la Esencia de San Sebastián

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​El Carnaval de Cajamarca no nace en un despacho municipal ni se decreta en una sesión de concejo. Intentar adjudicarse la “organización” de nuestra fiesta máxima desde una oficina es, por decir lo menos, un desconocimiento absoluto de nuestra identidad. Como carnavalero, y con el orgullo de integrar las Viejas Glorias de San Sebastián —la patrulla más antigua y custodia de nuestra tradición—, me veo en la obligación moral de poner los puntos sobre las íes: el carnaval es de los barrios, o simplemente no es.

​Es necesario que la Municipalidad Provincial de Cajamarca (MPC) entienda su rol real. La gestión pública debe ser un facilitador, un canalizador técnico que garantice orden y seguridad. Sin embargo, en los últimos tiempos, hemos visto una preocupante tendencia a la irrogación del esfuerzo ajeno.

​Que no quepa duda: el brillo del corso, el estruendo de las patrullas y la elegancia de las comparsas no son mérito de una gestión de turno. Son el resultado del esfuerzo económico personal, del tiempo robado al sueño y del sacrificio de miles de cajamarquinos que, mes tras mes, invertimos de nuestros propios bolsillos para que la tradición no muera. Nosotros ponemos el capital, el sudor y el arte; la municipalidad, apenas la logística.

​La esencia del carnaval cajamarquino reside en ese espíritu vecinal que se gesta desde la concepción de un traje. Es en el barrio donde se hereda la copla medular, esa que se canta con el alma y no con libreto. Las patrullas y comparsas son organizaciones vivas, micro-sociedades que funcionan por puro amor a la tierra.

​Desde mi mirada en San Sebastián, observo cómo la historia se repite en cada puntada de nuestros trajes. Ser parte de la patrulla más antigua no es solo ostentar un título, es llevar el peso de una genealogía de “viejas glorias” que entendían que el carnaval es una forma de resistencia cultural. Todo lo que no sea el barrio —los certámenes pomposos, los protocolos vacíos— son meras actividades complementarias. Lo esencial es la calle, el encuentro y la identidad.

​El carnavalero de cepa es un artesano de su propia alegría. Su esencia radica en esa participación activa que no espera aplausos oficiales ni presupuestos participativos. Es una pulsión que viene desde la cuna y que se manifiesta en la organización autogestionada de su gente.

​Es hora de que las autoridades bajen del estrado y miren hacia las aceras. El Carnaval de Cajamarca es grande porque su gente es grande, no porque su burocracia sea eficiente.

Mientras en el barrio se sigan afinando las guitarras y se sigan bordando los capotes con recursos propios, el carnaval seguirá siendo libre.

​El carnaval es del pueblo. El resto, es solo burocracia.

Fuente: Periodismo urbano

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