Perú: El riesgo de un país sin instituciones

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Perú: El riesgo de un país sin instituciones

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En Lima y, en menor medida, en ciudades representativas, azota una ola de violencia con asesinatos, extorsiones y balaceras. Su trasfondo beneficia a la candidata con mayor votación. Un terrorismo callejero que siembra miedo y la posiciona como salvadora de la nación. Una prensa predominante, alineada con estos hechos, exalta la “mano dura” contra el crimen y manipula al elector con información sesgada, dictando qué hacer -o no- en este proceso electoral.

Desde el plano legal, voceros y abogados pagados repiten clichés como “juristas” y “constitucionalistas” para respaldar discursos que claman por un gobierno de “mano dura”, alineado con la ganadora, y atacan a cualquier rival. Todos convergen en un solo objetivo. En nombre de la democracia, entronizar a Keiko Fujimori como próxima presidenta.

Institucionalmente, el pacto Ejecutivo-Legislativo y sus operadores externos dominan no solo el Congreso y el Ejecutivo, sino también el Tribunal Constitucional, el Ministerio Público, la Junta Nacional de Justicia y la Defensoría del Pueblo, extendiendo su control a gran parte del resto de instituciones estatales. Cada vez que un juez resuelve en contra de sus intereses, desatan un linchamiento mediático implacable. En los últimos años, han pisoteado la Constitución -reformada decenas de veces- y las leyes que ellos mismos aprobaron, consolidando un “imperio del Congreso” mediante el super Senado como gran caballo de Troya del último periodo, pese al rechazo en el referéndum de 2018.

Por primera vez en la historia peruana, el JNE y la ONPE se enfrentan por denuncias y detenciones aberrantes en pleno proceso electoral. ¿Montaje para manipulación comunicacional o realidad? Sea como fuere, esto evidencia un plan para acentuar el control estatal desde las sombras, con predominio legislativo. Los grupos de poder económico, mediante esas mismas fichas, proyectan revocar 4 o 5 presidentes en el periodo si pierden esta elección, como han hecho en 8 ocasiones en los últimos 10 años gracias a la mayoría congresal de la candidata Fujimori y sus aliados. Ya tienen esa mayoría asegurada como resultado de estos comicios.

Al mundo debe quedarle claro que en Perú hay cada vez menos instituciones y derechos, aplastados por un abuso desmedido del poder. Este proceso electoral levanta barrotes de acero alrededor de un reclusorio político y democrático vacío de contenidos. Insistir en que la economía es lo único que importa avala una perversión del Estado que ignora problemas estructurales, sostenidos a sangre y fuego -con la PNP y las FFAA contra las protestas- y con parches, saliva y discursos huecos.

Perú aporta así otro golpe al Estado Democrático de Derecho, emulando los autogolpes y reelecciones indefinidas de los 90, imitados luego por gobiernos de Latinoamérica y el Caribe en su deriva autoritaria, corrupción e impunidad.

Los berrinches del candidato limeño que pugna por el balotaje son ruido mediático, quizás desconectado del plan mayor, pero parte del show que radiografía nuestra cultura cívica, política y jurídica; reflejo de la paupérrima educación republicana.

Sin embargo, la perspectiva nacional no se agota en esto. Urge un redireccionamiento de pensamientos y saberes, un desmarque radical de estas formas perversas de acceder y retener el poder. Los grupos de poder deben construir una nueva visión del Perú y replantear sus estrategias; persistir en la misma perversión solo perpetúa la corrupción, la impunidad, asesinatos, inseguridad y miedo, evocando un terrorismo de Estado similar al de las huestes mesiánicas de Abimael Guzmán (Sendero Luminoso) y Víctor Polay Campos (MRTA) en los años 80 y 90.

Cuidemos que un gobierno fujimorista no cultive nuevos procesos de guerra interna, cuyo dolor y sangre ya conocemos. Este momento podría ser el último para la reflexión. Si descabezan el sistema electoral -especialmente con la recaptura de la ONPE y el JNE-, lo irreversible se impondrá por décadas. Si Keiko Fujimori controla el Ejecutivo, vendrán tiempos tenebrosos, repitiendo y perfeccionando los episodios siniestros de su padre y Vladimiro Montesinos. Todo alineado con la deriva predominante en las Américas, donde Perú -politizada y enajenada en su política exterior- es un platillo apetecible en el contexto multilateral.

Fuente: Eddie Cóndor Chuquiruna

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