Ni Fujimori ni Sánchez; el enemigo somos nosotros

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Ni Fujimori ni Sánchez; el enemigo somos nosotros

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Ahora que nuevamente estamos mirando el abismo —una frecuente costumbre en la historia peruana— conviene tratar de entender por qué la mayoría de la población suele ir a votar como quien va a cobrar una deuda o a vengar un agravio. El Perú padece uno de los patrones sociales más autodestructivos y se vota no en función de lo que necesita el país, sino en función de lo que se quiere vengar. ¿Por qué?

La primera explicación está en el libro “Pensar rápido, pensar despacio” de Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía. Este autor, tras décadas de estudio, llegó a la conclusión de que el ser humano, en una inmensa mayoría, no es un ser racional que toma decisiones en base a la lógica y el beneficio propio. Al contrario, un enorme sector deja que sus emociones y sus instintos decidan.

Kahneman pone este ejemplo: el cerebro opera con dos sistemas, el Sistema 1 es rápido, automático e inconsciente —maneja aproximadamente el 96% de las decisiones—, mientras que el Sistema 2 es lento, analítico y laborioso. Cuando alguien vota contra alguien lo hace casi en automático, movido por el Sistema 1.

En política el voto es impulsado por lo emotivo y las emociones más poderosas son la cólera, el odio, el rencor, que llevan a las personas a buscar un enemigo común. No una idea, no un beneficio, sino un enemigo común que convierte la decisión electoral en un acto de venganza colectiva.

Existe otro autor que aporta desde la filosofía: Friedrich Nietzsche, según los especialistas quizá el primero en analizar el resentimiento como fuerza política. En su libro “La genealogía de la moral” señala que el ressentiment —término que tomó del francés— es el refugio de los que se sienten impotentes. En lugar de crear valores propios, definen su identidad por oposición al enemigo. No dicen “queremos X cosa”; dicen “odiamos a Y”. Para ellos, solo existe el anti.

Esto explica a los pueblos que votan contra alguien en lugar de votar por algo de bienestar o para evitar un peligro. No importa si el candidato propio es desastroso; lo que importa es hundir al adversario. El resentimiento es una fuerza que no construye, solo busca destruir, y el efecto es terrible porque termina generando un daño a todos, especialmente al que ejerce la venganza.

Lo que ocurrió el año 2021 en Perú se vuelve a repetir hoy. No es que un masivo sector de votantes sean, necesariamente, ignorantes. Eso es lo más terrible. Recuerdo que para entender la época del terrorismo en Perú, leí con atención a la gran autora Hannah Arendt, quien sufrió ataques cuando su inteligencia y capacidad de observación en el juicio al nazi Eichmann la llevaron a una conclusión: los grandes crímenes colectivos no los cometen seres monstruosos, sino personas comunes, como usted o como yo, pero que han dejado de pensar, de analizar, de razonar y cuya escala de valores ha sido sustituida por una conciencia colectiva, tribal.

Los pueblos que votan por resentimiento no son necesariamente malvados o cretinos . Son pueblos que han dejado de pensar. Han reemplazado el juicio crítico y la reflexión por la lealtad tribal. Han sustituido el análisis por la descarga emocional. Y ese vacío de pensamiento es un tesoro para los líderes populistas que tienen entera libertad para ofrecer lo que ya fracasó pero la masa no quiere percibirlo porque está envuelta en emociones: cólera, rencor, revancha, deseo de venganza.

Y allí aparece el populismo para explotar ese resentimiento generando polarización. El populismo toma el resentimiento acumulado —muchas veces legítimo en su origen— y lo convierte en combustible electoral, sin ofrecer soluciones reales porque su negocio es ofrecer enemigos a los cuales derrotar.

Este fenómeno no es de hoy. Ocurre en el Perú desde hace siglos. Francisco Pizarro con sus 168 hombres, 60 caballos y escasa pólvora, tendría que haber sido destrozado por un imperio inca que tenía entre 10 y 12 millones de habitantes. No fue así. Pueblos enteros que habían sido sometidos, desplazados o humillados por la expansión cusqueña vieron en los españoles no a un invasor, sino a un instrumento de venganza. Le mostraron caminos, le dieron información, le proporcionaron ejércitos auxiliares. El rencor acumulado cegó cualquier cálculo racional. No se preguntaron qué vendría después. Solo querían que cayera el Inca que los oprimía. Y cayó. Y lo que vino después fueron trescientos años de sometimiento para todos.

Esta vez no hay armas ni batallas, hay urnas pero sigue vigente el enorme sector que elige para castigar y, al final, terminamos castigados todos, incluso ellos. Ya ocurrió hace poco, el 2021.

Soy consciente de que estas líneas a muchos les deben parecer un ejercicio intelectual inútil. Los que están dispuestos a votar con el puñal en la mano dirán que es un disparate. Vivimos en un país en el que la reflexión y el aprendizaje parecen prohibidos.

En rigor, el Perú está atrapado entre dos formas distintas del mismo fracaso. Roberto Sánchez representa el voto resentimiento, el voto venganza y Keiko Fujimori, con todo su pasado a cuestas, le regaló combustible a su adversario porque no hizo el único esfuerzo razonable al que estaba obligada: disminuir el odio que ella misma genera. Tres derrotas no le sirvieron para aprender que su mayor enemigo no era Sánchez sino el encono que arrastra su nombre.

¿Y el país? No está en manos de dos pésimos y discutibles candidatos —ninguno será un verdadero triunfador—; estamos a merced de los indecisos. Y no sabemos si los indecisos, esos dueños de la duda, elegirán con el odio o elegirán con un mínimo de razón. 

Fuente: Umberto Jara

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