Culto a la autoridad

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Culto a la autoridad

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Eddie Cóndor Chuquiruna

En estos tiempos de desvalores y escasa ética en la función pública, una autoridad no adquiere legitimidad moral solo por su cargo. No está por encima de nadie; el ciudadano ocupa un sitial igualitario en esa relación. Para ganarse el respeto de la población, debe merecerlo con hechos concretos, no con palabras vacías ni artificios mediáticos que pervierten la sana convivencia social.

Este culto reverencial a la autoridad es un lastre cultural heredado de la colonia, profundizado por el proceso educativo republicano. Ha calado hondo en el comportamiento colectivo, domesticando a los gobernados y sometiéndolos a un avasallaje persistente. No se trata de fomentar irreverencia irracional, sino de aclarar roles, la autoridad es un mandato del ciudadano, no su amo.

Todo liderazgo genuino se sustenta en ejemplos de sencillez, equilibrio emocional, conocimiento profundo, respeto, transparencia, honestidad e identificación con el terruño y el país. Sobre todo, en rectitud y coherencia. Por eso abundan autoridades que, tras rodar por la pendiente de la inmoralidad, no merecen respeto alguno; al contrario, nos deben rendir cuentas constantes mediante interpelación y control social. El respeto no se impone por la fuerza, es fruto de conductas ejemplares.

Lastimero resulta, en el caso peruano de la designación congresal del nuevo presidente del Estado, ver a mis paisanos ahogarse en elogios y ditirambos solo porque nació en la provincia de San Miguel, Cajamarca. Cuestionable es que ignoren el fondo, sus antecedentes en el plano gremial al que hace parte (Colegio de Abogados de Lambayeque por ejemplo), fiscales y judiciales lo pintan como responsable de males nacionales. Hasta el municipio provincial lo saluda como a un ser canónigo e inmaculado, pasando por alto evidencias.

Es comprensible que, como humanos, vayamos a extremos en ciertos comportamientos. Pero ensalzar a alguien solo por compartir lugar de nacimiento resulta ridículo. Revela nuestra falta de comprensión sobre el ejercicio del poder, nuestra manipulación fácil y el vacío de espíritu crítico forjado por la educación republicana; todo superficial, cero análisis profundo y comportamientos repetitivos.

Si anhelamos libertad verdadera, debemos abrir los ojos, ir más allá de lo habitual, cultivar criterio propio y ver a la autoridad como aliado, amigo o servidor público, jamás como amo. No le rindamos culto por ningún motivo. Los tiempos turbulentos que vivimos exigen esta postura y nos demandan expresarla sin titubeos.

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