Eddie Cóndor Chuquiruna
Siguiendo a Humberto Jara (Perú), Bernie Navarro, el nuevo embajador estadounidense, con una frase y una foto -“Cambiando el menú”, hamburguesa junto al presidente interino Jerí- redefinió el tablero político peruano. Sin discursos ni protocolos, envió un mensaje claro; se acabó el chifa (China). Es geopolítica condensada. Washington reclama terreno frente a Pekín, con resultados medibles y sin hipocresías.
Esta diplomacia directa contrasta con el vetusto estilo peruano, atascado en clasificaciones ideológicas obsoletas -derecha, izquierda, centro- y chismes biográficos. Mientras Navarro planta bandera con una imagen viral, Perú sigue discutiendo trivialidades, ignorando preguntas clave: ¿Cómo fortalecer el puerto de Chancay? ¿Cómo equilibrar Washington y Pekín en telecomunicaciones, minería y otros? ¿Acaso la corrupción rampante en Perú no es un factor inevitable en cualquier negociación bilateral o multilateral?
Pero el problema de fondo es peor. En los últimos años, la diplomacia peruana se ha ideologizado, alineándose ciegamente con gobiernos antidemocráticos, antiderechos y abusadores en el planeta -desde Bolsonaro en Brasil hasta aliados en Europa del Este-, mientras ataca furiosamente a quienes no cuadran con su discurso interno. El caso de Bolivia -hasta el ascenso del presidente Paz al Gobierno- es emblemático. En lugar de pragmatismo bilateral, Perú optó por confrontaciones ideológicas estériles, priorizando posturas políticas domésticas sobre intereses nacionales como el comercio, la integración regional o la estabilidad fronteriza para evitar el avance del crimen organizado. Esto no es neutralidad; es un sesgo que debilita al país, aislando oportunidades con vecinos y potencias emergentes.
La vieja diplomacia peruana fingía neutralidad, pero hoy es peor. Está en manos de políticos, no de auténticos diplomáticos. Prefieren alinearse con abusadores globales por cálculo electoral interno, ignorando abusos contra derechos humanos o democracias frágiles. El resultado Perú pierde influencia, mientras EE.UU. avanza con mensajes directos a élites, empresarios y electores.
Es hora de reorientar, despojémonos de esta mirada ideológica. Necesitamos diplomáticos profesionales -expertos en resultados, no en consignas partidarias- que prioricen alineamientos pragmáticos: hamburguesa cuando conviene, chifa si suma, sin dogmas. Bolivia debe ser lección, no pretexto para campo de batalla ideológica. En un mundo de competencia abierta (EE.UU. vs. China), Perú no puede ser isla ni rehén de sesgos.
El poder del siglo XXI demanda alineamientos reales y pragmáticos, no meras posturas ideológicas. Guste o no, así opera el mundo actual. Por ello, urge reposicionar y afianzar la diplomacia peruana -hoy ideologizada por discursos políticos internos- en una orientación genuina y estratégica que eleve al Perú al sitial que merece por todo lo que aún representa en el contexto internacional: su estabilidad económica, diversidad cultural, proyección regional y geopolítica y compromiso con el multilateralismo.
Este reposicionamiento no es un relanzamiento superficial, sino un derrotero irrevocable sin retrocesos en lo avanzado. Debe trascender el actual momento electoral y la crisis institucional de un Estado avasallado por quienes ostentan el poder, envueltos en escándalos semanales de corrupción que instrumentalizan la política en nombre de la democracia. Solo así, el Perú recuperará su liderazgo global, priorizando intereses nacionales sobre coyunturas internas.








