El cierre del Carnaval de Cajamarca 2026 ha dejado una cifra que se repite como un mantra en los pasillos de la Municipalidad: 100,000 visitantes. Sin embargo, tras el confeti y las coplas, la resaca que enfrenta la “Capital del Carnaval Peruano” es de desconfianza. Mientras la gestión de Fernando Silva Martos, gerente de Turismo y Cultura, agita la bandera de un triunfo histórico, la realidad a ras de suelo muestra una fiesta que ha crecido en desorden, pero que se estanca en una preocupante falta de rigor técnico.
La mayor “gran mentira” de esta edición radica en la procedencia de las cifras. Fernando Silva ha anunciado una afluencia récord que carece de un respaldo estadístico serio. Sin un observatorio turístico operativo, sin un conteo real en los puntos de ingreso y con una data que no cruza información con el flujo aeroportuario ni terminales terrestres formales, el número “100,000” parece más una proyección política de campaña que un dato técnico.
Anunciar cifras infladas sin metodología no solo es una irresponsabilidad administrativa, sino una falacia que distorsiona la planificación urbana.
Si no sabemos con certeza cuántos son, ¿cómo podemos planificar el recojo de basura, la seguridad o el abastecimiento de agua? La gestión de Silva vive en una realidad paralela donde el éxito se mide en “likes” y fotos de multitudes, ignorando que el crecimiento sin medición es, en realidad, un desborde.
El perfil del visitante del 2026 confirma que la tan ansiada “internacionalización” es un eslogan vacío. No hace falta una estadística para señalar que la gran mayoría de los asistentes son nacionales, con un perfil de bajo presupuesto y cultura, que llega a la ciudad con una lógica de consumo extractivo.
Este visitante satura los espacios públicos, pero su gasto diario —destinado mayoritariamente a la industria cervecera y al comercio ambulatorio— apenas irriga la economía formal. Es un turismo de “mochila y pintura” que, si bien llena las plazas, no capitaliza en los museos, complejos arqueológicos como Cumbemayo o el Cuarto del Rescate, los cuales no registraron un crecimiento proporcional a la supuesta marea humana.
Cajamarca no está preparada para el volumen anunciado, y esa carencia fue absorbida por la informalidad, que hoy es el verdadero motor del carnaval.
Voces autorizadas estiman que el 85% de la oferta de pernocte operó sin licencias ni controles, desde garajes convertidos en dormitorios hasta campamentos improvisados.
La ciudad generó más de 500 toneladas de basura adicionales. El costo de limpiar este desorden es subsidiado por el ciudadano cajamarquino, cuyos arbitrios terminan pagando la logística de una fiesta que no le devuelve servicios básicos de calidad.
En su afán por “vender” una imagen pulcra al exterior, la gerencia de Silva Martos y la alcaldía de Joaquín Ramírez insistieron en restringir parodias políticas y sociales. Este intento de “limpiar” el carnaval es un error estratégico: el turista internacional de alto valor busca la sátira y la irreverencia andina, no una versión “Disney” y domesticada de nuestras tradiciones. Al censurar la crítica, le quitan el alma a la fiesta.
En conclusión, la internacionalización seguirá siendo una quimera mientras la conectividad dependa de una carretera hacia la costa que colapsa con cada lluvia. Fernando Silva Martos debe entender que el turismo se gestiona con infraestructura, formalización y datos reales, no con retórica entusiasta.
Cajamarca ha demostrado que puede convocar multitudes, pero la actual gestión ha demostrado que no sabe qué hacer con ellas. Mientras se sigan celebrando récords inventados en oficinas municipales, la ciudad seguirá sufriendo las consecuencias de un modelo que prioriza la foto del “lleno total” sobre el desarrollo sostenible de su gente.
Fuente: Periodismo urbano








