FRANCESCO LOMBARDI, EL ITALIANO QUE DECIDIÓ SER HUALGAYOQUINO PARA SIEMPRE

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FRANCESCO LOMBARDI, EL ITALIANO QUE DECIDIÓ SER HUALGAYOQUINO PARA SIEMPRE

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Por Jaime Abanto Padilla

En los registros antiguos del Padrón de Extranjeros de la Prefectura del departamento de Cajamarca, hacia los primeros años de la década de 1870, aparece un nombre que no solo pertenece a la historia, sino también a la memoria afectiva de un pueblo: Francesco Lombardi, (Francisco en español) (1). Tenía apenas veinte años cuando llegó en octubre de 1871, procedente de Lucca, en la región italiana de Toscana, con un oficio humilde y noble a la vez: constructor. Nadie podía imaginar entonces que aquel joven extranjero terminaría echando raíces profundas en la tierra fría y luminosa de Hualgayoc.

Su paso inicial por la ciudad de San Antonio de Cajamarca dejó huellas visibles hasta hoy. Lombardi dirigió la construcción de edificaciones emblemáticas como la Casa Rosada y la Casa Blanca, que aún se levantan en la Plaza Mayor como testigos silenciosos de su talento. Pero su destino no estaba en la llanura urbana, sino en las alturas, donde la neblina abraza las calles y el silencio tiene un eco antiguo.

Fue en Hualgayoc donde su historia cambió de rumbo. Allí no solo encontró trabajo, sino también amor. Contrajo matrimonio con doña Isabel Tejada Juárez y formó una familia numerosa, enraizando su vida en ese territorio de minerales y cielos infinitos. En 1891, junto a su coterráneo Luis Ramella, restauró la iglesia del pueblo, como si al reconstruir sus muros también afirmara su pertenencia a esa comunidad que ya sentía suya.

Pero más allá de los datos, hay una historia íntima que el tiempo no ha borrado. Dicen que Lombardi caminaba las calles húmedas de Hualgayoc bajo la lluvia fina, envuelto en la neblina, con el corazón dividido entre dos mundos. En las noches claras, desde la altura del pueblo minero, levantaba la mirada hacia las estrellas —azules y temblorosas— y recordaba su Italia lejana: los días primeros, los caminos de Toscana, la vida que quedó atrás.

Y sin embargo, eligió quedarse.

Porque hay decisiones que no se toman con la razón, sino con la tierra y el corazón. Francesco Lombardi, el joven italiano que cruzó el océano con herramientas y sueños, terminó por arrancarse un pedazo de su propia historia para sembrarlo en Cajamarca. Allí fue feliz. Allí amó. Allí construyó no solo casas e iglesias, sino también un hogar.

Murió en 1927, a los 76 años aproximadamente, dejando tras de sí algo más que descendencia: dejó una identidad compartida. Porque hay hombres que nacen en un lugar, pero pertenecen a otro. Y Lombardi, sin duda, decidió —con la fuerza silenciosa de los que aman— ser hualgayoquino para siempre.

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(1). Francesco Lombardi llegó a Cajamarca en el mes de octubre de 1871, no solo desde Italia, sino desde otro tiempo. Lombardi descendió de un mundo de mares y puertos, de ciudades donde la piedra tenía nombre y los hombres dejaban su firma en cada obra. Pero al pisar Cajamarca, algo cambió: aquí la piedra no se firma, se hereda.

Era el siglo XIX. Las montañas de Hualgayoc respiraban mineral y destino. La tierra abría sus entrañas al trabajo humano, y en ese paisaje de esfuerzo y altura, Lombardi encontró su lugar. No como visitante, sino como quien decide quedarse.

La historia hipotetiza que fue él quien construyó el puente Corellama en Bambamarca y que para unir las piedras de calicanto utilizó una mescla que incluía miles de huevos de gallina, lo que le habría otorgado su vigencia hasta hoy.

FOTO: Casa Blanca y Casa Rosada, ubicadas en la Plaza de Armas de Cajamarca, ambas contruidas por Francesco Lombardi. Monumentales obras que sobreviven al tiempo. La primera es un reconocido hotel. La segunda usada con céntricos negocios y hostal, ambas mantienen sus históricos colores originales.

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