Por Jaime Abanto Padilla
La noche del 28 de agosto de 1928, el fuego descendió sobre Hualgayoc como una lengua antigua, voraz, aprendida en otras tragedias. No llegó por sorpresa: la ciudad ya conocía su nombre. El fuego había pasado antes por Micuypampa (antiguo nombre quechua de Hualgayoc que significa pampa de los víveres) en 1798 y por Purgatorio en 1856, dejando ceniza, duelo y un recuerdo que nunca terminó de apagarse.
Aquella noche, las casas —hechas de madera, adobe, ichu y esperanza— ardieron una tras otra. Las llamas caminaron por las calles estrechas, iluminaron el rostro del miedo y redujeron la ciudad a un resplandor rojo que podía verse desde lejos, como si la montaña misma estuviera sangrando.
No hubo tiempo para salvarlo todo. Se salvaron los cuerpos, cuando se pudo; los recuerdos quedaron atrapados entre las paredes que se derrumbaban. En pocas horas, Hualgayoc perdió gran parte de su forma, pero no su alma.
Hualgayoc es un pueblo minero desde su origen y siempre estuvo acostumbrado a excavar la entraña del cerro, ese día entendió entonces que también debía aprender a sobrevivir en la superficie, entre ruinas y silencios.
Cuando el fuego se extinguió, quedó el olor: madera quemada, historia rota, pasos sin casa. Pero también quedó la gente. Mujeres, hombres, niños, de pie entre los escombros, mirando lo que ya no estaba y pensando en lo que vendría.
Porque Hualgayoc es más que un lugar: es memoria que resiste. De sus cenizas volvió a levantarse, como tantas veces, con la obstinación de los pueblos antiguos. Cada reconstrucción fue un acto de fe; cada pared nueva, una promesa de permanencia.
Posteriormente se contruyeron los albergues en los jirones San Martín y Silva Santisteban, para cobijar y alojar a quienes lo perdieron todo materialmente, pero no espiritualmente, pues el alma del hualgayoquino está forjada en el yunque del dolor y la tragedia.
Tiempo después el traslado de la capital provincial al distrito de Bambamarca se produjo de forma oficial el 10 de marzo de 1950 mediante el Decreto Ley N° 11297 durante el gobierno de Manuel Odría. Ahí comenzó otra historia que pese a todo nunca doblegó el alma del pueblo ni de sus habitantes.
Hoy, casi un siglo después, el incendio de 1928 no es solo una fecha. Es una herida que habla, una historia contada en voz baja por los mayores, una advertencia escrita en el polvo del camino: que el fuego puede llevarse las casas, pero no puede quemar la identidad de un pueblo.
Fotografía: Hualgayoc después del incendio, nótese la terrible destrucción en todo el pueblo.








