El vacío del táper y la política del espectáculo

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El vacío del táper y la política del espectáculo

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➡️ Quienes peinan canas o guardan algo de memoria histórica recordarán que, hace poco más de veinte años, asistir a un mitin político era un acto de civismo. Simpatizantes y curiosos acudían a las plazas a escuchar, a contrastar ideas y a evaluar los compromisos que los candidatos asumían de cara a un eventual gobierno. Las herramientas de persuasión eran la palabra, la propuesta técnica y la visión de desarrollo. El gancho del “táper” sencillamente no existía, y mucho menos el burdo condicionamiento de la necesidad pública.

Lo vivido el último fin de semana en nuestra región, de la mano del movimiento político del exalcalde de Cajamarca Joaquín Ramírez, nos devuelve de un porrazo a una realidad lamentable, pero previsible: una actividad proselitista abarrotada no por la calidad de sus planes de gobierno, sino por la entrega de tápers con comida, regalos y agrupaciones musicales en vivo.

Ante este escenario, la pregunta cae por su propio peso: ¿Qué buscan realmente los que hoy se hacen llamar políticos? ¿Que la población escuche y debata sus propuestas, o simplemente engañarse a sí mismos —y a sus financistas— con un auditorio lleno que solo asiste por el artista de moda o el plato de comida?

La respuesta es dolorosa. No estamos ante una verdadera promoción de la participación ciudadana; estamos presenciando la aplicación más burda de la vieja receta romana del pan y circo adaptada al siglo XXI. Lo grave es que esta estrategia de manipulación instrumentaliza la vulnerabilidad y la pobreza de la gente, convirtiendo al ciudadano en un extra de campaña, en un simple número para la foto de redes sociales o el video de TikTok que simule un “respaldo masivo” que no existe en el terreno de las ideas.

Esta forma de hacer campaña nos está pasando una factura altísima en institucionalidad y gobernabilidad. Existe una premisa ineludible en la administración pública: como se financia y se organiza la campaña, se ejerce el gobierno. El candidato que gasta millones en dádivas, logística y espectáculos no llega al poder a ejecutar proyectos sostenibles de saneamiento, transitabilidad o salud; llega a recuperar la inversión y a pagar los favores de sus financistas mediante licitaciones a dedo y obras sobrevaluadas. La incapacidad técnica que luego paraliza nuestras ciudades nace aquí, en estas plazas llenas de música pero vacías de ideas.

El problema es de doble vía y desnudó el bajísimo nivel de cultura política en el que nos encontramos estancados. Por un lado, una clase política precaria, convertida en franquicia electoral de alquiler sin ideología ni cuadros técnicos. Por el otro, un sector de la población sumido en el cinismo y el desencanto que, tras décadas de promesas rotas por parte de autoridades “ilustradas”, prefiere transaccionar su voto: “Total, todos van a robar, al menos que me den el táper ahora”. Es el triunfo del corto plazo y el sálvese quien pueda.

¿Quiere la población propuestas reales, sostenibles y aterrizadas a su realidad, o prefiere seguir recibiendo pan y circo? Mientras la respuesta siga inclinándose hacia lo segundo, seguiremos atrapados en un bucle de subdesarrollo, eligiendo autoridades incompetentes que solo profundizan las crisis institucionales. Romper este círculo vicioso exige recuperar la dignidad ciudadana. El voto no tiene precio, no se digiere en un almuerzo de fin de semana ni se baila al ritmo de la orquesta de turno. La política debe volver a ser el terreno de las ideas, o seguiremos condenados a ser gobernados por el mejor postor de la plaza.

Fuente: José Luis Gonzales Maiqui.

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