En mi pueblo crucificaban cada día a Cristo y nosotros veíamos sus heridas.
Los mineros cada tarde retornaban con su tristeza a cuestas
y
su
cansancio
insondable como los caminos saturados de piritas.
Cada tarde regresaban
con su lámpara de carburo
y
su
tristeza
porque el pan no alcanzaba.
En mi pueblo
la lluvia era el llanto de los días que se iban y venían de enero a diciembre.
Las estaciones no existían,
eran lluvias y días fríos,
amaneceres y anocheceres,
soledades y tristezas.
Hualgayoc,
de llanto y melancolía.
Una calle lo partía en dos
y una acequia
bordada de piedras azules
donde naufragaban barcos de papel cargados de sueños.
Hombres tristes
recorrían
la negrura de la mina
esperando el fin de semana
que a veces ya no los encontraba
porque los sacaron cargados en una frazada cuando les cayó una tapa del techo de la mina.
Hualgayoc,
de siglos y de incendios.
Tenía una calle que ya no existe,
la calle de los hornos
porque en él había mucho hambre.
Y
el
río
con su canto triste cada noche.
Una chimenea
en la entrada del silencio,
recuerdo de una fundición
que fragua oro, sueños y lágrimas añejas.
Por eso cuando llueve en mi alma te recuerdo.
Y
te
busco
en la palma de mi mano,
en las líneas de un destino
al que llamo, busco y no alcanzo.
J. A. Padilla.








