Por Jaime Abanto Padilla
Hace mucho tiempo, un lugar que llamábamos “La pampa de la pelota”, hasta él llegábamos con sueños y esperanzas a jugar futbol. Era un campo grande cubierta de hierba. Por una de sus orillas pasaba el río cantarín y junto a él un camino bordeado de quinuales con sus gruesas capas adosadas a su corteza. Ese camino conducía hacia La Boggio, denominado así en honor a uno de sus propietarios que después vendió a Eloy Santolalla Bernal, el viejo minero hualgayoquino.
Tiempos atrás fue una cancha de molienda del mineral que se extraía en el cerro Hualgayoc y que los hombres cargaban en capachos a sus espaldas. Hualgayoc alguna vez se llamó Mucuypampa, que significa “La pampa de los víveres” porque mucho antes el lugar funcionaba como un tambo.
El Arqueólogo Francisco Esquerre y el arquitecto Maycoll Quispe realizaron investigaciones en agosto de 2024 en el pareje denominado “El Purgatorio”, entonces se descubrieron restos de cerámica preinca que databa del año 1,200 años d.C. Hualgayoc siempre fue minero, aun antes de la llegada de los españoles. Se quiso reconstruir el pueblo para hacer un museo, pero apareció un supuesto dueño que exigió al alcalde el pago de cien mil soles para dar pase al lugar.
Junto a la “Pampa de la pelota” resplandeciente estaba el coso taurino que se llenaba siempre las últimas tardes de agosto. La gente llenaba también los cerros aledaños para ver a los toreros y su danza con la muerte. Al costado del coso había un pantano por el que había que caminar tomando ciertas precauciones.
Hoy todo ha cambiado. Hualgayoc ya no es el de antes. Su esencia se fue diluyendo como sus calles con la neblina mañanera. Nosotros también un día nos diluiremos en el tiempo y al igual que la pampa solo seremos un recuerdo antes de dar paso al inevitable olvido.








