LA IGLESIA DE SAN PEDRO EN CAJAMARCA: SU HISTORIA Y TRISTEZA

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LA IGLESIA DE SAN PEDRO EN CAJAMARCA: SU HISTORIA Y TRISTEZA

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Por Jaime Abanto Padilla

En el representativo barrio San Pedro en Cajamarca, se encuentra ubicada la Iglesia San Pedro, un templo con mucha historia y cuya construcción fue casi en paralelo con la Iglesia San José, ambas denominadas como “Iglesias de Indios”.

La colonia fue uno de los períodos más oscuros de nuestra historia, se ordenó la construcción de ambos templos para indios para evitar el contacto en ritos religiosos con españoles “puros”, quienes acudían a los templos del centro de la ciudad, con otra arquitectura y otras dimensiones que dista mucho de la pobreza de los templos de adobe de San Pedro y San José.

Los archivos históricos revelan fascinantes detalles sobre la construcción y las sucesivas reparaciones de la iglesia de San Pedro, uno de los templos más emblemáticos de Cajamarca. Documentos de la época dan cuenta del celo religioso y los desafíos económicos que enfrentaron sus impulsores, dejando un testimonio invaluable de la perseverancia de sus constructores y la devoción de la comunidad.

La edificación de la parroquia de indios de San Pedro y su casa cural se inició bajo el impulso del Corregidor de la Provincia, Don Francisco de Espinosa. Originalmente construida con adobes, la estructura quedó seriamente dañada con el tiempo.

Por ello, en 1690, el corregidor Laredo pidió al Virrey la reconstrucción del templo, una obra que requería una inversión de 1,200 pesos. Para tal fin, el Corregidor encomendó a Ortis Enríquez, síndico de la Religión de San Francisco, la recolección de los fondos.

La reconstrucción no estuvo exenta de obstáculos. A pesar del apoyo, el proceso fue largo y complejo. Un documento fechado en 1684, y firmado por el Corregidor Don Francisco de Espinosa, daba cuenta de los avances, destacando la necesidad de más recursos y el apoyo de los feligreses. Para la obra se requirió el esfuerzo de arquitectos, albañiles y la mano de obra de indígenas, quienes colaboraron incansablemente en la edificación de los templos de San José, San Pedro y Santa Catalina.

El material para la construcción, como la madera para las techumbres, era escaso y los costos elevados. Los documentos mencionan el traslado de bienes, así como la asignación de fondos y el pago a trabajadores como “los albañiles Matías Pérez Palomino y Juan de Céspedes y Ledesma”. Las actas notariales reflejan el seguimiento minucioso del proceso, con el objetivo de asegurar que los fondos se utilizaran adecuadamente.

Posteriormente, en 1691, la obra fue perfeccionada por el nuevo párroco Fray Francisco Martínez de Leiva.

Estos documentos históricos no solo narran la historia de un edificio, sino que también nos ofrecen un vistazo a la vida social, económica y religiosa de Cajamarca en los siglos XVII y XVIII, revelando la dedicación de sus habitantes para mantener vivos sus centros de fe y cultura.

Cinco siglos casi han transcurrido desde la llegada de los españoles a Cajamarca, hemos conmemorado hace poco nuestro bicentenario como república y aún, aunque parezca inaudito, ambos templos todavía mantienen ese oscuro y desigual designio de hace siglos. Son las comunidades rurales las que asisten a ambos templos preferentemente, como recordatorio de que pese a los siglos hay huellas indelebles en el alma que aún nos duelen como una herida abierta, aparentemente para siempre.

A veces, se escucha el sonido de los clarines de gente con la misma fe, pero con ropas humildes acudiendo a las misas de difuntos o bautizos. Un estigma que el tiempo no ha podido borrar, una historia que los años no pudieron ocultar. Diferencias mundanas y clases impuestas por el hombre, pero que para Dios son inexistentes.

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