Turismo: potencial arqueológico y falta de infraestructuras

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Turismo: potencial arqueológico y falta de infraestructuras

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La industria del turismo es uno de los caminos de nuestra sociedad al desarrollo

El turismo peruano continúa recuperándose, pero lo hace a un ritmo muy inferior al potencial del país. Entre enero y marzo del 2026 llegaron 823,863 turistas internacionales, un crecimiento de apenas 3.5% respecto al mismo período del año anterior. Al cierre del 2024, el sector generó alrededor de 1.3 millones de empleos directos e indirectos, aportó cerca del 3% del PBI nacional y produjo ingresos superiores a los US$ 4,860 millones. Son cifras positivas, pero insuficientes para un país que posee uno de los patrimonios culturales más extraordinarios del planeta.

La comparación internacional resulta inevitable. Mientras Francia recibió 102 millones de visitantes durante el 2025 y España alcanzó los 93.8 millones, el Perú apenas llegó a 3.4 millones de turistas internacionales. La paradoja es evidente: el país acumula reconocimientos como Mejor Destino de Sudamérica, Mejor Destino Cultural y Mejor Destino Culinario otorgados por los World Travel Awards, pero esos premios todavía no logran traducirse en un flujo masivo de visitantes. El mundo reconoce al Perú; el problema es que aún no llega en la magnitud que podría.

Una de las principales explicaciones de esta brecha es la excesiva concentración de la oferta turística. Desde hace décadas, la promoción internacional gira casi exclusivamente alrededor del eje Lima-Cusco y, particularmente, de Machu Picchu. Si bien la ciudadela inca constituye el principal símbolo turístico nacional, resulta evidente que un país con miles de sitios arqueológicos de enorme valor histórico no puede seguir dependiendo casi exclusivamente de un solo destino.

El verdadero desafío consiste en diversificar la oferta turística mediante inversiones sostenidas en infraestructura que permitan incorporar plenamente al circuito internacional otros complejos arqueológicos capaces de dinamizar economías regionales enteras.

El caso de Kuélap constituye probablemente el mejor ejemplo. La fortaleza de la cultura Chachapoyas posee características únicas en América y un enorme potencial turístico. Sin embargo, durante décadas permaneció relativamente aislada debido a las dificultades de acceso. La construcción del sistema de teleféricos cambió radicalmente ese escenario. Antes de su puesta en funcionamiento, el complejo recibía alrededor de 56,000 visitantes anuales. Apenas un año después de inaugurada la nueva infraestructura, la cifra superó los 100,000 turistas.

La lección es contundente. Cuando el Estado invierte en facilitar el acceso, la demanda responde casi de inmediato. Sin embargo, los problemas posteriores del teleférico, el derrumbe registrado en el 2022 y las interrupciones del servicio terminaron reduciendo nuevamente el flujo turístico. Al cierre del 2024, Kuélap apenas recibió poco más de 60,000 visitantes, todavía por debajo de los niveles alcanzados antes de esos inconvenientes.

La experiencia demuestra que la infraestructura turística no puede concebirse únicamente como una obra de inauguración. Requiere mantenimiento permanente, continuidad operativa y capacidad de gestión para sostener el crecimiento alcanzado.

Una conclusión similar ofrece Chan Chan. La ciudad de adobe más grande de América precolombina y Patrimonio Mundial de la UNESCO posee un enorme atractivo histórico. Sin embargo, durante años su desarrollo turístico estuvo limitado por la precariedad de sus servicios para visitantes.

Las recientes inversiones destinadas a mejorar el circuito turístico, los accesos, el centro de recepción, los estacionamientos y otros servicios permitirán incrementar significativamente la cantidad de visitantes. Según las estimaciones oficiales, estas mejoras podrían elevar alrededor de un 30% la afluencia al complejo arqueológico.

La conclusión resulta evidente. El problema nunca ha sido la falta de atractivos turísticos. El verdadero obstáculo ha sido la insuficiente infraestructura que permita transformar ese patrimonio en una experiencia accesible, cómoda y competitiva para el visitante internacional.

Sin embargo, ampliar la infraestructura arqueológica constituye solo una parte de la solución. El turismo peruano enfrenta además dos restricciones estructurales que limitan seriamente su crecimiento.

La primera es la inseguridad ciudadana. Cada episodio de violencia, bloqueo o criminalidad que alcanza repercusión internacional deteriora inmediatamente la imagen del país como destino turístico. En un mercado altamente competitivo, basta una percepción de riesgo para que miles de viajeros opten por otros destinos.

La segunda restricción es la debilidad institucional. Trámites excesivos, gestión pública deficiente, falta de coordinación entre entidades y un Estado incapaz de garantizar continuidad en las políticas turísticas terminan convirtiendo la organización de un viaje en un proceso más complejo de lo que debería ser.

El Perú posee probablemente una de las mayores concentraciones de patrimonio arqueológico del mundo. Culturas como Chavín, Moche, Chimú, Chachapoyas, Nazca, Wari o Caral ofrecen experiencias únicas que podrían complementar la extraordinaria riqueza del legado incaico. Sin embargo, mientras el país no invierta de manera sostenida en infraestructura, seguridad y fortalecimiento institucional, continuará desaprovechando una ventaja comparativa que muy pocas naciones poseen.

Diversificar el turismo arqueológico ya no constituye únicamente una política cultural. Es una estrategia de desarrollo económico capaz de generar empleo formal, descentralizar el crecimiento y convertir el enorme patrimonio histórico del Perú en una fuente permanente de prosperidad para las regiones.

Fuente: EL MONTONERO

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