Hoy Lima amaneció con un calor inusualmente intenso. Al mediodía, mientras tomábamos té en la oficina, tuvimos que encender el aire acondicionado para aliviar la temperatura. Incluso fui a una reunión vestido de terno, pero al regresar ya no podía soportarlo y terminé cambiándome por una camisa de manga corta para sentirme un poco más cómodo.
En teoría, esta debería ser la época más fría del año en Lima. Un cielo gris, alta humedad y temperaturas cercanas a los quince grados forman parte del invierno que todos conocemos. Sin embargo, este año el invierno parece haber tomado un rumbo diferente.
Cuando Lima registra un invierno anormalmente cálido, suele ser una señal de que la temperatura del océano Pacífico está cambiando. Y el calentamiento sostenido de sus aguas es precisamente una de las características más importantes del fenómeno de El Niño. Lo que realmente me preocupa no es el calor en sí, sino preguntarme si, en caso de que este año se presente un nuevo episodio de El Niño, el país estará realmente preparado para enfrentarlo. Si la respuesta es negativa, entonces el verdadero motivo de preocupación no será el clima, sino la capacidad del nuevo gobierno para responder a esta amenaza.
La historia ya ha dejado demasiadas lecciones al Perú. Los fenómenos de El Niño de 1982-1983, 1997-1998 y el Niño Costero de 2017 provocaron graves inundaciones. Ríos desbordados en el norte del país, puentes destruidos, carreteras interrumpidas, miles de familias que perdieron sus hogares y enormes daños a la agricultura, el transporte y la economía.
Sin embargo, después de cada desastre, solemos ver la misma escena repetirse: las carreteras se reparan solo después de haber sido destruidas; los puentes provisionales se construyen cuando los anteriores ya colapsaron; los ríos se limpian cuando el agua ya se ha desbordado; y la ayuda llega cuando la población ya se encuentra aislada. Tras la emergencia, los gobiernos prometen fortalecer la infraestructura, mejorar los sistemas de drenaje, recuperar los cauces y perfeccionar los mecanismos de alerta temprana. Pero con el paso de los años, los presupuestos cambian de prioridad y muchos proyectos quedan inconclusos. Cuando vuelve El Niño, el país enfrenta nuevamente los mismos problemas.

Este ya no es un problema de un gobierno en particular, sino un desafío estructural de la gobernanza del Estado peruano. Las inundaciones no respetan fronteras administrativas. Las lluvias en la parte alta de una cuenca terminan inevitablemente afectando a las zonas bajas. Reforzar un dique en una región puede simplemente trasladar el problema a la región vecina; limpiar un tramo del río no servirá de mucho si el cauce continúa obstruido aguas abajo.
La verdadera prevención de inundaciones nunca puede limitarse a una sola región; requiere una planificación integral de toda la cuenca hidrográfica. Es necesario definir qué ríos deben ser dragados, qué zonas pueden servir como áreas de amortiguamiento para almacenar el exceso de agua, dónde construir canales de alivio, qué puentes necesitan aumentar su capacidad hidráulica, qué poblaciones deben ser reubicadas de forma preventiva y cuándo corresponde almacenar o liberar el agua de los reservorios. Todo ello debe planificarse desde una visión nacional y no únicamente desde los intereses de cada jurisdicción.
Lamentablemente, durante mucho tiempo muchos proyectos de prevención de inundaciones en el Perú han seguido desarrollándose con una lógica regional. Los gobiernos subnacionales priorizan, comprensiblemente, las necesidades y el presupuesto de sus propios territorios. El Gobierno Central, aunque tiene la responsabilidad de coordinar, muchas veces no logra ejercer una dirección verdaderamente integrada. Frente a desastres naturales que abarcan múltiples cuencas y varias regiones, las limitaciones de este modelo administrativo vuelven a hacerse evidentes.

Con el cambio climático, es muy probable que los fenómenos meteorológicos extremos se conviertan en la nueva normalidad. Si la gestión del Estado continúa enfocándose en reaccionar después del desastre en lugar de prevenirlo antes de que ocurra; si cada región sigue actuando por separado en vez de trabajar bajo una coordinación nacional, entonces cada nuevo episodio de El Niño repetirá la misma historia.
Por supuesto, todos esperamos que este sea simplemente un invierno más cálido de lo habitual y no el preludio de una nueva catástrofe. Pero un país verdaderamente preparado nunca deposita su esperanza en el comportamiento del clima, sino en su capacidad de anticiparse al riesgo.
Lo que realmente debe estar bajo alerta no es únicamente El Niño, sino si el país está verdaderamente preparado para afrontar el próximo El Niño.
Fuente: CHNM








