La democracia no es solo una forma de gobierno; es un pacto de convivencia que se ejerce cada día. De cara al 15 de septiembre, Día Internacional de la Democracia, vale recordar por qué es fundamental para una vida digna y qué amenazas la tienen hoy “moribunda y arrinconada” en nuestra región, y en el Perú en particular.
La democracia va más allá del voto. Se vive cuando podemos disentir sin miedo, cuando la información es verificable y accesible, y cuando las instituciones rinden cuentas. Es un espacio de escucha donde las voces diversas disputan el sentido de lo común sin convertir al adversario en enemigo. Como señala REDLAD, es una tarea compartida: “escuchando las voces de quienes, desde distintos lugares de América Latina y el Caribe, trabajan por una democracia más sólida, inclusiva y participativa”.
Defender la democracia es defender la posibilidad de vivir con dignidad. Cuando se debilita, se erosionan el Estado de derecho, la libertad de prensa y la integridad electoral; y con ellos, la capacidad de exigir justicia, servicios públicos y oportunidades. En un contexto de baja confianza institucional y alta polarización, la democracia es el único marco que permite transformar el conflicto en acuerdos sin recurrir a la violencia ni al autoritarismo. Es, además, el antídoto frente a la impunidad y la arbitrariedad; sin contrapesos, sin prensa libre y sin ciudadanía vigilante, el poder se concentra y se vuelve abusivo.
En América Latina, la democracia vive bajo presión. La polarización tóxica ha sustituido el debate de ideas por la confrontación y el odio; la desinformación y las fake news erosionan la confianza en los medios, la ciencia y las instituciones. A ello se suman populismos que debilitan los contrapesos, el creciente protagonismo militar en la seguridad interna y presiones externas que interfieren en procesos electorales y políticas públicas.
En el Perú, estos factores se combinan con una profunda desconfianza. El país figura entre los diez del mundo con menor confianza en las noticias, con caídas de entre seis y ocho puntos porcentuales respecto de 2025. Ese es un terreno fértil para discursos autoritarios y falsos que prometen orden a cambio de libertades.
La buena noticia es que la democracia puede reconstruirse, pero no por inercia. Requiere acción deliberada y cotidiana. Eso implica restablecer una relación armónica entre ciudadanía y dirigentes, exigiendo representación auténtica y rendición de cuentas; fortalecer el periodismo independiente y los medios locales; promover la alfabetización informacional; y defender sin concesiones la independencia judicial y los derechos humanos como límites frente a cualquier proyecto político.
La democracia se sostiene cuando la participación va más allá del voto. Presupuestos participativos, veedurías, protección a defensores de derechos y espacios deliberativos verdaderamente inclusivos. Y exige rechazar la normalización de los estados de excepción y de la “mano dura” como soluciones rápidas; una seguridad sin derechos termina convirtiéndose en otra forma de inseguridad.
En este 15 de septiembre, la invitación es clara. No dejemos que la democracia sea un recuerdo. Escuchemos las voces de quienes, desde lo local y lo nacional, trabajan por una democracia más sólida, inclusiva y participativa. Porque la democracia también se construye desde nuestras voces; cuando hablamos, cuando verificamos, cuando nos organizamos y cuando defendemos, cada día, que la participación, las libertades y los derechos sean una realidad para todas y todos.
Si queremos que la democracia deje de estar “moribunda y arrinconada”, debemos cuidarla, fortalecerla y defenderla en lo cotidiano. Ese es el mejor homenaje al Día Internacional de la Democracia; traducir la voluntad ciudadana en acción colectiva.
Fuente: Eddie Cóndor Chuquiruna








