He leído el último análisis del politólogo estadounidense John Mearsheimer*. La verdad es que le vengo siguiendo desde hace años y comparto la mayoría de sus análisis geopolíticos. Su mirada, incómoda para muchos, resulta especialmente útil para entender por qué ciertas demostraciones de fuerza esconden, en realidad, señales de agotamiento.
Desde el enfoque de Mearsheimer, una hipotética “Operación Venezuela” y la captura de Nicolás Maduro no deberían interpretarse como una victoria estratégica, sino como un síntoma de declive. Las grandes potencias, sostiene, no necesitan recurrir de forma constante a la fuerza militar: lideran porque atraen, convencen y generan dependencia económica y política. Cuando ese liderazgo se pierde, aparece la tentación del golpe de efecto.
La fuerza bruta como sustituto de la diplomacia
Mearsheimer recuerda que las potencias sólidas imponen su influencia a través del comercio, la diplomacia y el prestigio cultural. La invasión abierta suele ser el recurso de quien ya no puede competir con poder blando. Si Estados Unidos necesita soldados, aviones y portaaviones donde antes bastaban acuerdos y presión diplomática, algo esencial se ha deteriorado en su capacidad de liderazgo.
China avanza sin disparar un tiro
Mientras Washington muestra los dientes, China ha desplegado en América Latina una estrategia más eficaz y silenciosa: inversiones, infraestructuras y crédito. Puertos, carreteras y préstamos a largo plazo generan vínculos duraderos. Muchos países perciben que Pekín ofrece oportunidades sin imponer condiciones políticas, lo que va desplazando a Estados Unidos sin necesidad de confrontación directa.
Un imperio cansado por dentro
Otro punto central es el desgaste interno. Movilizar recursos militares gigantescos para controlar países que no representan una amenaza directa revela un uso ineficiente del poder. Al mismo tiempo, la deuda pública se dispara, las infraestructuras se deterioran y la desigualdad social aumenta. La imagen exterior de potencia contrasta con una realidad doméstica cada vez más frágil.
El daño al orden internacional
Actuar sin el respaldo de Naciones Unidas ni de grandes coaliciones envía un mensaje claro: las reglas solo importan cuando convienen. Este comportamiento erosiona el orden internacional que Estados Unidos dice defender y acelera la formación de bloques alternativos. Rusia, China e India observan, toman nota y refuerzan sus propias alianzas.
La lógica del declive
Mearsheimer advierte que, históricamente, las potencias en declive tienden a volverse más agresivas. Es la conocida Trampa de Tucídides: cuando una potencia emergente desafía al poder establecido, este responde con apuestas cada vez más arriesgadas. Desde esta perspectiva, una acción contundente en Venezuela no sería una muestra de fortaleza, sino una reacción de miedo.
En definitiva, Estados Unidos parece empeñado en resolver problemas del siglo XXI con herramientas del siglo XIX. Como un jugador de póker que ve reducirse sus fichas, apuesta cada vez más alto esperando una jugada salvadora. A veces funciona. Pero casi siempre acelera el final de la partida.
* John J. Mearsheimer es un politólogo y académico estadounidense, considerado uno de los principales teóricos del realismo ofensivo en las relaciones internacionales.
Es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago, institución en la que ha desarrollado la mayor parte de su carrera académica. Nacido en 1947, se formó en la Academia Militar de West Point y posteriormente obtuvo su doctorado en la Universidad de Cornell.








