
“Que me dejen hacer mi vida y que ellos hagan la suya”, ha dicho muy suelto de huesos el alcalde de Cajamarca, Joaquín Ramírez, en medio de denuncias por el manejo de portátiles en la reciente audiencia, en donde beneficiarios de programas sociales denunciaron haber sido obligados a asistir.
“Quienes me conocen, saben que soy una persona divertida, alegre”, añade con una sonrisa propia de un payaso. Con su traje a cuadros luego de su publicitada audiencia en donde tenía que rendir cuentas a la población, pero que fue un show mediático y a donde ingresó bailando acompañado de dos mujeres con trajes típicos, quizás para darle un toque más regional.
Nadie está en contra de la felicidad del burgomaestre, que ha decidido explotar su lado más histriónico a través los tiktok que publica casi a diario. No estamos en desacuerdo en que sea un tipo feliz. Pero hay un problema más allá que trasciende y que el alcalde no parece haberse dado cuenta todavía.
Cajamarca tiene urgentes necesidades. Somos una ciudad sedienta y sin agua, sin planta de tratamiento de residuos sólidos, con las calles llenas de huecos y con un comercio informal y ambulante que se ha vuelto insostenible.
Somos la región más pobre del país, no hay muchas razones para estar feliz. Mientras ello sucede el alcalde, Joaquín Ramírez, apuntala su candidatura con miras al Gobierno Regional y pretende vendernos el cuento de la felicidad. La campaña ya empezó y parece que las risas y gestos de alegría serán la bandera que se agitará cada vez con más frecuencia.
Fuente:Jaime Abanto Padilla







