El botín del claustro: Cuando las universidades se convirtieron en las “cajas chicas” de la campaña electoral

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El botín del claustro: Cuando las universidades se convirtieron en las “cajas chicas” de la campaña electoral

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👉🏼 Las Elecciones Regionales y Municipales de octubre ya calientan los motores en todo el país. Los paneles comienzan a saturar las avenidas, los candidatos ensayan sus mejores sonrisas de cartón y las promesas de asfalto y fierro flotan en el aire. Sin embargo, hay una campaña paralela, más silenciosa pero infinitamente más voraz, que no se juega en las plazas públicas ni en los mítines de barrio. Se juega en los pasadizos, las aulas y los presupuestos de nuestras universidades públicas.

Quien crea que la política universitaria sigue siendo ese romántico laboratorio de ideas donde los jóvenes debatían la transformación social inspirado en la Reforma de Córdoba, vive en una nube de nostalgia. Hoy, con el inicio de la carrera por los Gobiernos Regionales y las alcaldías provinciales, las facultades han dejado de ser templos del saber para convertirse en el botín predilecto de los caudillos de turno.

La ecuación es tan pragmática como perversa: quien controla la universidad pública de la región, controla una maquinaria perfecta para asaltar el poder civil.

➡️ La metamorfosis del “dirigente”

El síntoma más evidente de esta degradación es la preocupante vigencia del “estudiante eterno”. Operadores políticos disfrazados de universitarios que arrastran tres o cuatro cursos por semestre para perpetuarse diez o quince años en la institución. No buscan un título; buscan mantener el control del tercio estudiantil, manejar los hilos de los comités electorales internos y, por supuesto, asegurar que el dinero y la logística universitaria fluyan hacia la campaña del candidato externo al que le rinden pleitesía.

Mientras la Ley Universitaria 30220 exige pertenecer al tercio superior para frenar a estos parásitos de la academia, los partidos tradicionales y los movimientos regionales se las arreglan para financiar “frentes independientes” bajo la mesa. Campañas universitarias que antes se hacían con un megáfono y volantes fotocopiados, hoy exhiben paneles gigantográficos, conciertos con orquestas de moda, dádivas y merchandising. ¿De dónde sale ese dinero?

Ningún estudiante financia su candidatura con propinas. Es una inversión de los futuros contratistas y proveedores del Estado, un adelanto en efectivo para cuando el candidato regional gane las elecciones y toque repartir las obras públicas.

➡️ El verdadero costo de la infiltración

La consecuencia de esta colonización partidaria es devastadora para las regiones. Mientras los laboratorios carecen de insumos modernos, las bibliotecas lucen desactualizadas y la investigación científica es un saludo a la bandera, los presupuestos institucionales —muchas veces alimentados por el canon minero— terminan desviados de forma indirecta para financiar movilizaciones, pintar paredes y armar la logística de agrupaciones políticas externas.

La universidad, entonces, abdica de su rol crítico. Deja de fiscalizar la corrupción del gobierno regional de turno porque sus propias autoridades ya transaron con el candidato que lidera las encuestas. Los órganos de gobierno universitario, capturados por esta red clientelar, terminan siendo oficinas de colocación de empleo para los allegados del partido.

🕵🏼‍♂️ ¿Enseñanza o comité de campaña?

La universidad que solo enseña técnica sin mirar la realidad produce profesionales autómatas; pero la universidad que se arrodilla ante el proselitismo partidario externo pierde su acreditación moral y científica.

SUNEDU y el Jurado Nacional de Elecciones tienen reglamentos e infracciones tipificadas para sancionar el uso proselitista de los recursos públicos. Las multas superan las 100 UIT y las amonestaciones van directas a los rectores. Pero los candados legales son inútiles cuando la trampa está institucionalizada y los comités electorales universitarios juegan para el mismo equipo.

Estamos a pocos meses de acudir a las urnas para elegir a las autoridades locales que manejarán el destino de nuestras provincias.

Es hora de mirar con agudeza no solo las promesas que se gritan en las calles, sino las alianzas oscuras que se tejen dentro de nuestros campus. Si permitimos que el proselitismo regional termine de devorarse la esencia del claustro universitario, nos quedaremos sin ciencia, sin profesionales íntegros y, peor aún, con una fábrica de operadores políticos listos para saquear el aparato estatal desde el primer día de su gestión. La universidad debe volver a ser la casa del pensamiento crítico, no la sucursal de campaña del caudillo de turno.

Fuente: José Luis Gonzales Maiqui.

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