LOS LORITOS DE HUALGAYOC

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LOS LORITOS DE HUALGAYOC

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Por Jaime Abanto Padilla
Como todos los inviernos, cuando niños, salíamos a atrapar esos insectos en las zarzas que crecían junto al río en Hualgayoc. Su forma era extraña, casi triangular. Los habían anaranjados, verdes, amarillos, grices… Tenían alas, pero raras veces volaban. Siempre estaban adheridos a los tallos de las zarzas y a sus hojas. Para extraerlos de ese su hábitat, había que hacerlo no sin tomar ciertas precauciones, pues las zarzas tenían espinas y crecían en los acantilados del río.
Cuando los capturábamos los guardábamos en una cajita de fósforos marca Llama. Ellos quedaban prisioneros sin haber cometido ningún delito, éramos nosotros los que acaso delinquimos con la puerilidad de esos días de infancia. Éramos libres y no nos dábamos cuenta, éramos felices y no lo sabíamos, porque pensábamos que la felicidad era una obligación nuestra y un derecho que tenía que otorgarnos la vida. Años más tarde descubriríamos que la felicidad no era ni obligación ni derecho, sino el bien más esquivo que tenía la vida.
Después volvíamos a casa y lanzábamos a los insectos de cabeza contra la mesa y empezaban una danza extraña. Giraban como un pirinola exótico mientras emitían un zumbido. Esa danza nos divertía. La vida en aquellos días de vacaciones escolares estaba reducida a jugar todo el día. A veces hacíamos barquitos de papel y los poníamos en ellos a navegar como si fueran los marineros de un barco aventurero, otras veces le poníamos al barquito una bandera de papel con el dibujo de una calavera, entonces eran los piratas soñadores atravesando el pueblo por esa, acequia que lo recorría de principio a fin.
Ellos eran nuestros prisioneros, nuestros cautivos en un campo de exterminio porque cuando terminábamos de jugar con ellos los guardábamos en la cajita marca Llama que no eran otra cosa que un campo de concentración como Auschwitz o Sobibor, porque al día siguiente cuando abríamos la cajita, los encontrábamos irremediablemente muertos.
Hoy no hay río ni zarza ni loritos. Ese traje de infancia se cambió con una nueva piel de la adultez con el que nos visten los años. La vieja casa de mi abuela ya no existe. Mi abuela partió un día en ese viaje interminable que es la muerte, para reunirme con ella cierro los ojos y apelo al recuerdo y ahí nos encontramos en aquellos días felices cuando llovía en nuestro pueblo. Cuando mojarse con la lluvia no causaba daños porque la niñez tiene una armadura. Es ahí también cuando aparecen ellos, los endebles loritos danzando en ese mundo etéreo navegando en mi recuerdo, ya no como marineros o piratas, sino como seres libres que hoy habitan en la dimensión de otra vida a donde mi infantil complejo de un Hitler entomólogo no puede alcanzarlos. La felicidad ahora sé, es el más esquivo de los bienes que tiene la vida.

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