su objetivo no es “subir lo más alto posible”, sino moverse lo suficientemente rápido de forma horizontal para mantenerse en órbita. Por eso su trayectoria no es recta, sino progresivamente curva.
En los primeros instantes del lanzamiento, el cohete asciende casi en vertical para atravesar las capas más densas de la atmósfera con seguridad. Pero muy pronto comienza una maniobra conocida como giro gravitacional. En lugar de luchar contra la gravedad, el cohete la aprovecha: se inclina poco a poco y empieza a acelerar lateralmente mientras sigue ganando altura.
La clave está en la órbita. Permanecer en el espacio no depende solo de la altura, sino de la velocidad horizontal. Un objeto en órbita está cayendo constantemente hacia la Tierra, pero avanza tan rápido hacia adelante que nunca llega a tocarla. Si un cohete subiera únicamente en línea recta, al agotarse el combustible perdería velocidad y caería de regreso.
En fotografías tomadas desde tierra, la estela luminosa puede dar la impresión de que el cohete se arquea o “regresa”, pero lo que realmente se observa es el movimiento alrededor de un planeta esférico y la combinación de ascenso vertical con aceleración horizontal. Esa curvatura no es un error ni un efecto visual extraño: es exactamente lo que exige la física para alcanzar el espacio y mantenerse en él.
Cada lanzamiento sigue estas leyes con precisión milimétrica. La trayectoria curva no es una opción, es una necesidad fundamental para cualquier misión que quiera quedarse orbitando la Tierra o viajar más allá.








